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Soy una perra mestiza. No creo en las razas, si en las especies. Y en las especias...porque yo soy especial.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Máxima mínima


Cabra si.

Borrega no.

sábado, 19 de septiembre de 2009

La Casa de Artemia



Cámara en mano, no tuve el valor de sacar ninguna foto de su casa. Fue como permitirme entrar en sus secretos y yo no podía robárselos.
Quería que yo fuese delante, era su invitada a descubrir poco a poco la luz que su mano iba prendiendo a mi paso.
En aquel suelo se mezclaban los sonidos del pasado, del presente y del futuro. Por allí caminaba serena una joven esposa enamorada trasteando en los fogones que cuidaba con esmero, a mi lado correteaba una niña sorteando las piernas de los mayores. Uno le acariciaba el pelo, otro la esquivaba mientras porteaba una lechera repleta que la niña insistía en olisquear.
Un árbol besando el cielo recordaba un bosque que un día le hiciera cosquillas al mismísimo monasterio. Y un joven fraile que lloraba echándolos de menos.
No, no tuve valor de sacar ninguna foto. Las camas aún desprendían el calor de unas sábanas recién planchadas. De niños que saltaban sobre ellas jugando con sus muñecos.
En el silencio de la noche que se acurrucaba sobre nosotras, una toquilla tejida de estrellas y hojas de zarzas , a cada paso una nueva historia, cientos de rostros que nos observaban, a cada paso. A bajar la mirada ante sus miradas, pidiendo disculpas por irrumpir sin avisar. Sin atreverme a tocar, sin dejar de sentir la emoción de los ojos de Artemia que se humedecían entre los recuerdos.
Y las paredes me empujaban a seguir. Los cuadros me ignoraban, orgullosos de su figura, de sus figuras. Los marquitos de las fotos saltaban como críos llamando mi atención. Aquí una pareja de recién casados. Fotograma de una película de final feliz. Allá un abuelo comiendo pan, invitándome al festín. Ese pan recién cocido en el horno de leña. En esta una familia entera. Una nieta licenciada. Un nieto en la playa. Un Padre Abad con toda la congregación.
No tuve valor. Se me quedó esparcido por la ladera que baja hasta el río cuando el sol se ha marchado a descansar.
Me quedé con sus ojos.
Y ya lo tuve todo.

sábado, 5 de septiembre de 2009

¿Viva Jerez?


Esta es la foto que durante tres años ha presidido la página dos del periódico gratuíto "Viva Jerez" en el que Isabel Noci, madre de esta pequeña perra feliz, colaboraba cada lunes contando un cuento. Ella decía que el mundo estaba lleno de "opinadores" y que prefería aportar su granito de imaginación.

Porque esa colaboración surgió como un cuento: ella no atravesaba su mejor momento, entonces, como cualquier heroína que se precie, apareció un Hada Madrina llamada Eva que convirtió su calabaza en carroza.

En el Viva Jerez han dejado de creer en las Hadas y espero, por el equipo humano que mi madre tan bien conoce, que los hados no dejen de serle propicios. Ella, sin su Hada, ya no quiere escribir más cada lunes.

Esta es, pues, su despedida a los lectores anónimos que, me consta, disfrutaban con los cuentos de mi madre humana:


Ciao bambini!

Cuántas veces, me respondo, he callado otorgando, haciendo gala del refrán del miedo. Del de los cobardes que se esconden. Ese pánico que a veces me atenaza los sentidos, las manos y los pies. Y escribo un cuento con la esperanza puesta en que alguien llegue a comprender lo que hay detrás.
Aquí y ahora, cuando cualquier parecido con la ficción es pura realidad, no puedo quedarme agazapada en la ilusoria satisfacción de ver mi foto y nombre sobre un papel. No me enseñaron a mentir. Y soy tan tremendamente despistada y olvidadiza que sería lo más fácil del mundo pillarme en un renuncio. A mentir no, pero si a callar. Y resulta que ahora ya no quiero más silencios.
Contar que vivimos en un mundo sin escrúpulos donde tanto tienes tanto vales, es repetirse como las coles de un guiso. Uno termina vomitando. Decir que la envidia es el deporte nacional es Perogrullo. Que el divide y vencerás es una regla absurda de aquel que quiere quedarse con todo, aunque termine solo. Un Tío Gilito que disfruta contando las monedas de oro que guarda en su cámara de seguridad.
A veces me desasosiego con la moral por los suelos comprobando en mis carnes mortales que esto no tiene remedio, que no podemos cambiar el mundo. Y en las tertulias de desayunos se nos va toda la energía por la boca criticando a unos y a otros sin mover un solo dedo para dar un giro, mientras engullimos la tostada calentita con aceite de la tierra, que hay que promocionar lo nuestro. Porque somos tan nuestros, tan beatos de alcoba, tan buenos, tan buena gente, ay si, tan buena gente, que se nos va la fuerza en soltar palabras que se lleva el viento.
Mientras, seguiremos acudiendo a los confesionarios a que se nos perdonen los pecados, no se nos acumulen, que hay que seguir pecando. Pecando de omisión y de sumisión.
Mi ego no es tan grande como para echar de menos una foto y un nombre escrito en letras grandes. Y, entretanto, seguir durmiendo tranquila y soñando cuentos.
Hasta siempre.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Lluvia

sábado, 15 de agosto de 2009

Noche de Cabaret




Hay momentos en la vida en los que se alinean los planetas, las estrellas surcan el cielo cumpliendo deseos o los vientos soplan a nuestro favor. Momentos que hay que aprovechar en marcha, no vaya a ser que, de repente, despertemos.
La noche del pasado jueves trece de este mes de agosto que nos angosta de calor, aquellos que acudimos a la cita con el teatro en El Puerto de Santa María, fuimos testigos de dos actores en estado de gracia. Traumátika y Noci. Noci y Traumátika, el tandem imperfecto que lleva al absoluto.
Una Drag Queen muy Queen, muy Reina de la Noche capaz de enamorar hasta a la persona más desencantada de la vida. No era el caso en El Puerto. El público se entregaba a cada paso que daba, a cada contoneo elegante y sutil de sus piernas interminables. Traumática la inocentemente pícara de mirada cómplice, divertida, alejada de lo fácil, de lo chabacano... Traumática es glamour, simpatía, la niña, la hermana, la amiga, el optimismo subido en tacones de plataforma. Perfecta maestra de ceremonias para dar paso al derroche de talento de Chema Noci, capaz de convertirse en chiquillo taquillero, chulo adorable y Lady Noche, la única e inimitable Dama de la Noche. Voz de registros infinitos, ternura de registros infinitos, filosofía de registros infinitos.

viernes, 7 de agosto de 2009

Pobre de mi




Era un triste. Tan triste que aún cuando era feliz parecía un triste. Daba pena verle. Por eso, cuando le conocías sentías el deseo irrefrenable de protegerle de tanta desolación que le embargaba.
Tendíamos a envolverle, a salvarle de los males del mundo. Como si se tratara de nuestro hijo. Un hijo que hemos encontrado abandonado junto a los cubos de basura de la ciudad. Un hijo ya hecho y derecho, aunque por su aspecto pareciera que siempre le faltara un hervor. Menudillo y frágil, como desamparado.
Era un todo de tristeza preestablecida o predestinada, vaya uno a saber.
Y a pesar de su soledad, jamás estaba solo. Jamás tomaba decisiones propias, siempre provenían de los consejos bien o mal intencionados de sus satélites protectores. Era un planeta baldío en medio de un universo continuamente cambiante.
Entonces ocurría que nos cansábamos de tanta lágrima. Ocurría que decidíamos, no sin un pequeño sentimiento de culpabilidad, que ya era hora de dejarle en libertad. Aunque él pretendiera seguir siendo un esclavo del destino que le había tocado vivir (léase con ironía por favor, olvide que provoca lástima). Porque visto desde fuera, nadie, en su sano juicio pensaría que era un desgraciado. Las mejores mujeres, los mejores viajes, los mejores amigos, incluso yo diría que hasta la mejor familia. Pero nada de eso parecía aliviarle de su eterno sufrimiento.
Nacido para ser un triste.
Hay quien nace para ser feliz y da igual que le falten las piernas. Caminan siempre por la vida con una sonrisa contagiosa.
Ahí está la clave, en el contagio. Su tristeza infinita terminaba por cansarte, con un agotamiento diferente a cualquier otro producido. Porque no se puede estar eternamente triste.
Pero él, invariablemente y sin sentido, era un triste. Tan triste que aún cuando era feliz, parecía un triste.

lunes, 27 de julio de 2009

El virus


No, no es que la melancolía se haya apoderado de mí. No he tenido tiempo ni para rascarme, como se suele decir. Un día de actividad frenética. De correr literalmente de aquí para allá. Definitivamente no hay lugar para pensar en nada ni en nadie y sin embargo te echo de menos.
No acierto a comprender el resorte que hace que aparezcas y desaparezcas de mis pensamientos cuando menos lo espere o lo busque. Porque me juegas muy malas pasadas ¿sabes? No es de recibo que esté atendiendo a alguien que me está planteando algo muy serio, algo que cree que es muy serio, y tu salgas por detrás haciendo morisquetas. No te resisto cuando me sonríes a la vez que me guiñas un ojo, tan sinvergüenza tú, tan irreverente por momentos y yo allí de pie aguantando el tipo intentando no pestañear. Parecer interesada en lo que me cuentan. Sin reírme. Sin mirarte.
Si pudiera… te daría un pellizco en el brazo para hacerte saltar a mi lado. Para que reaccionaras. Alguien tiene que poner orden aquí. Y tú te empeñas en sacarme de mis casillas con tu sonrisa traicionera.
Si, te echo de menos. Sin tristeza. Sin pensar cuándo volveremos a encontrarnos. Sin remordimientos. Ganas de estrujarte simplemente. Como cuando queríamos convencernos que no pasaba nada. Como cuando era un secreto a dos voces, la tuya y la mía que callábamos para no reconocerlo ante nadie. Ni siquiera ante nosotros. Echo de menos tu voz, como tú la mía. Como cuando no necesitábamos hablarnos para sabernos. Para abrir un paréntesis a la monotonía. Y le pregunto a la pared si estás pensando en mí, con la ilusión puesta en una grieta que se me figura un caballo a punto de desbocarse. Entonces ya no estás y es cuando descubro que has vuelto a jugármela. Y el caballo ha volado ¿a tu pared?
Si pudiera…
El amor es una enfermedad de tipo vírica. No hay ningún médico que encuentre explicación científica al respecto. Un virus, que tal que entra, sale.
Yo tengo un amor incurable.

sábado, 18 de julio de 2009

Opus




Había comprado en el bar de al lado una lata de refresco. A las tres de la tarde, con aquel calor, solo le apetecía estar tumbada a la sombra de una palmera en las playas de Tahití. Soñar es gratis se dijo y sin embargo se le estaba yendo una pasta en vivir en primera persona una de las peores pesadillas a las que puede enfrentarse el ser humano.
Aún quedaban unos minutos para la hora convenida y decidió subir hasta su casa y tomárselo con calma. Era inevitable, lo mejor era estar preparada mentalmente. Aunque en realidad, por mucho que te cuenten, por muchas experiencias de otros seres que han sobrevivido a ello, era ella quien tenía que enfrentarse sola a la situación.
La estancia vacía, aún sin muebles, no invitaba precisamente a la reflexión. Decidió sentarse en el suelo, lleno de polvo, y apoyar su espalda contra la pared. Por la ventana amplia del salón que da a la calle aún quedaba una rendija que iluminaba parte de la esquina, casi la rozaba con los pies al estirar las piernas. Se fumó un cigarrillo mientras bebía y esperaba. Luego vino otro y otro más, recogió las colillas y las metió dentro de la lata vacía.
El sol ya se subía por las paredes del rincón. Sin darse cuenta se quedó traspuesta. Había pasado una hora. No podía creerlo: dormirse en semejante postura. Le dolía el cuello de haber dejado la cabeza colgando sobre su hombro, el codo de apoyarlo en el suelo, la mano, de soportar el peso del brazo. Hizo ademán de levantarse, pero sus fuerzas le habían abandonado momentáneamente. Cuando por fin lo consiguió a duras penas hizo un recorrido por toda la casa para acomodar la vista, para adaptarse como un toro en los chiqueros al destino que aparecería de pronto a la vuelta de la esquina. El destino fatal que se escribe con sudor de sangre y paciencia, la que ya comenzaba a faltarle, la que hacía que su corazón palpitase a mayor velocidad cada segundo de más que superaba la hora pactada.
Setenta y nueve minutos más tarde aparecía por la puerta aquel hombre de aspecto descuidado, menudo, curtido por el sol, con una sonrisa de oreja a oreja, como si fuera divertido, como si repartiera felicidad a su paso.
Esta vez, al albañil se le había caído la bujía de la moto “y he tenido que cambiarla señora”.
*Obra, viene del latín, opus. Los albañiles saben latín.

viernes, 10 de julio de 2009

¿Bailamos?



No creo que sea tan difícil. Haremos como si no nos conociéramos. La tarde ha pasado tan lenta como tediosa. La poca luz que se colaba por las rendijas de las persianas ha dado paso a las velas que no han hecho más que espesar el ambiente espeso ya de por sí.
Me encantaría conocer a alguien como tú.
Recorriendo cada una de las habitaciones voy pasando el tiempo inventando historias de todos los que me rodean. No, no hay nadie como tú. Pero muchos me hacen sonreír. ¿Una copa? ¡y por qué no, siempre que no lleve alcohol! Me mira algo extrañado. Cree que no me doy cuenta. Yo hago como si se lo creyera. Y hablamos. Poco a poco cada vez más cerca. Suavemente, como si pensase que no se entera, cada vez más lejos. Su mirada recorre lugares increíbles porque sabe que no me lo creo, aunque haga ¡oh!. Mis ojos me delatan. ¿Dónde habré dejado yo las gafas? Me distraigo y se va. Suelto la copa dando vueltas alrededor de la mesa del recibidor repleta de restos de canapés y vasos de tubo manchados de carmín. Por eso salgo a la piscina que me dé el aire. Ni siquiera brisa sopla en esta noche tan plomiza como amarillenta. Como envejecida con hojas de té. Una camarera me ofrece un San Francisco. Siento que me he colado en una película diferente a la del guión que escribí. Nunca debí dejar que aquél individuo se hiciese con los derechos de la historia. La mueca hacia arriba de mi cara me recuerda que entonces no habría venido a esta fiesta, no habría conseguido el premio al mejor guión original en esta segunda historia firmada ya por mí. Y para mí.
No es tan difícil porque apareces de pronto buscándome. Te he reconocido al instante. Es como si nos conociéramos. La tarde ya anunciaba con su poca luz que te encontraría. Las velas. Te encantaría conocer a alguien como yo.
Recorriendo cada una de las habitaciones vas pasando el tiempo como a contrarreloj. Sin inventar historias de los que te rodean. No, no hay nadie como yo. Con una sonrisa que hace chispas el cuarto, rechazas una copa. Total, no tiene alcohol.
Y como si llevásemos las gafas puestas… ¿bailamos?

domingo, 5 de julio de 2009

La Lluvia en Sevilla es una pura maravilla.




En el butacón, con los pies sobre la mesa pasó la mirada por su alrededor. Todo estaba en calma. Esa extraña calma tras la tempestad, donde reina el desorden pero no se mueve ni una hoja. Encendió el televisor sin pensar, sin buscar un canal determinado. Como si de un augur moderno se tratase, a ver qué decía. Porque aquél aparato había formado parte de la familia desde los orígenes de su creación y su palabra, como la de un sabio, era palabra de ley. Aunque estuviese mal dicha, aunque fuese mentira. Era un acto de fe tan cotidiano que analizarlo hubiese supuesto un esfuerzo especial y un gasto de energías de las que en aquél momento carecía. En realidad ni siquiera tenía fuerzas para prestarle atención. ¿Atención? ¡algo faltaba en aquel paisaje! Las cortinas, como siempre mal descorridas. Las ventanas a medio abrir. Los cojines a medio colocar, como en un equilibrio imposible y sin embargo equilibrio.
En el butacón no dormitaba el perro como de costumbre ¿Dónde se habrá metido? Bajo sus pies, desparramado boca arriba, media lengua fuera disfrutaba Bruno de una maravillosa siesta de tarde noche.
La lámpara a medio encender. La ropa a medio tender entre los respaldos de las sillas del comedor. Quedaba poco para la llegada de la primavera pero la humedad aún era la reina del lugar. No recordaba tantos días de lluvia así seguidos.
El cenicero lleno de colillas. Con los pies sobre la mesa algo faltaba a su alrededor.
La tele, tras una larga tregua de publicidad anunció de pronto el comienzo de una película. ¡No puede ser van a poner My Fair Lady en televisión! Y como un resorte mágico en sus piernas cansadas se incorporó rápidamente para explayarse en un sofá que mantenía en extraño equilibrio unos cuantos cojines.
Entonces descubrió que aquel paisaje había estado durante demasiado tiempo falto de espacio. Espacio para tumbarse entera en un sofá y seguir manteniendo el equilibrio.

sábado, 27 de junio de 2009

Erase una vez un malvado zapatero....



Siempre quise tener unas zapatillas rojas. Pero tenía miedo. Miedo de que al calzarlas, me ocurriera como en el cuento y, entonces no pudiera dejar de bailar.
Al pasar cada día junto al escaparate, miraba fugazmente, como si tuvieran vida propia. Como si me llamaran desde el otro lado del cristal. Como si con solo haberlas visto de refilón ya me marcaran el paso. Me aturdía su sola visión. Pero cada día desviaba mi camino para pasar por la calle donde estaba la zapatería.
Así transcurrieron los días, las semanas y los meses. Los años sin fecha. Dejé de saber si eran pares o nones. En la tienda, cambiaba constantemente el decorado y así sabía cuando era invierno y cuando verano. Cuando la primavera con sus flores o el calor con los dedos invisibles al descubierto.
Ellas siempre estaban allí, las zapatillas rojas. Ahora botas hasta la rodilla, ahora tacón de aguja que se clavaba en las entrañas al pisar. Tan deprisa andaba que se me olvidó lo que era llegar despacio, sin darme cuenta que no llegaba nunca. Y empecé a tener miedo. Como cuando recordaba que siempre había querido tener unas zapatillas rojas. Miedo de que al calzarlas, me ocurriera como en el cuento y, entonces no pudiera dejar de bailar.
En realidad había olvidado lo que era la danza. Esa que te transforma en música. Esa que te hace saltar por la calle alzando los brazos al infinito para alcanzar el sol sin temor a que se derrita la cera con la que pegaste tus alas. Porque descubres, de repente que no tienes alas. Y eres un pollo desplumado que pica constantemente la tierra sin encontrar una sola lombriz que llevarte a la boca. Pica picando piedras, la bola de acero enganchada al tobillo.
No esperé que me llamaran desde el otro lado del cristal. No las dejé marcar el paso. Al principio tropecé, la falta de costumbre. Ya no me hacen rozaduras entre los dedos. Fueron mías.
Ahora ya no quiero dejar de bailar.

sábado, 13 de junio de 2009

... ni concierto.



Está sonando el piano. Yo no puedo dejar de pensar que la melodía que me envuelve es imposible de bailar. Tan solo, como mucho, mover los brazos torpemente como si quisiera empezar a volar. Emulando a un director de orquesta sin orquesta. Sin batuta. A un pingüino sacudiéndose la nieve. Se incorporan los violines en un vals acompasado que mis torpes movimientos por el salón, con los ojos cerrados, para escuchar mejor la música, solo consiguen que tropiece con los muebles para desconcentrarme a cada nuevo intento.
Sonrío con la mueca del que sabe que nadie le observa, con el pensamiento de creerme loca por perder el tiempo soberanamente entre sonido y sonido. Pero tan soberana como una reina me siento donde solo mando yo. Donde me ordeno danzar hasta olvidar mi propia y absurda existencia. Derviche giratorio hasta caer mareada sobre el sofá y comenzar el vuelo del sueño de ojos abiertos. Es entonces cuando soy la heroína de una película de amor prohibido, la Julieta que jamás se suicidaría por Romeo, solo la que se hizo la dormida. La que después de verle yacer inerte a su lado le besa en los labios esperando conjurar el hechizo de la Bella Durmiente, la que se marcha por la puerta de atrás para buscar una nueva identidad alejada de padres Capuletos y Montescos, de palacios y ropajes de seda. Es entonces que me convierto en la ayudante de Indiana Jones y descubro los misterios del Santo Grial para guardarlos en mi memoria y no contarlos, para que sigan buscando, para que no se agote la magia. Para que no dejen de hacer películas. Para que yo no deje de inventármelas mientras suena el piano. Mientras cantan los violines enamorados de los dedos que suavemente pulsan sus cuerdas y acunan su cintura en el cuello de su amante, asfixiándolo de pasión.
Es entonces cuando me marco un tango arrabalero de puñal en la liga, de clavel en la boca y agotada, sin aliento, decido escribir en mi diario: hoy decidí gastar mis energías, las pocas que me quedan tras las rachas de levante revolviendo insistente mi cabello, en ser feliz. Porque mi vida, cuando vive, no tiene orden ni concierto.

domingo, 7 de junio de 2009

Con la boca pequeña





No basta con plantarse de frente componiendo una bonita sonrisa. Eso no cuenta cuando nos pasamos la vida jugando a todo o nada. A hacer como si no existiera, a pretender que no existe.
Es tan cómodo saber que somos la parte que parte de un secreto. Secreto a dos voces, la tuya y la mía. Las que nos niegan pero no reniegan. Las que no son capaces de decir que si y que qué. Si y qué. Y qué si nos miran. Y qué si nos ven. Y qué de los demás. ¿Qué demás cuándo nadie más lo sabe? Benditos incautos nosotros. No es suficiente decir que te recuerdo. No es suficiente decir que piensas en mí. Y sin embargo qué felices vivimos en la ignorancia de creer que nos sobra y basta con saberlo nosotros.
Miento si te digo no puedo estar sin ti. Porque siempre he estado sin ti. Porque jamás estabas en mis vacíos. Jamás en mis ausencias. Jamás le diste un guantazo en toda la cara a mi soledad. Y siempre en mi pensamiento, aporreando la puerta cerrada para poder entrar, y quedarte. Porque yo la abría despacito, para no despertar a nadie.
Entonces me pregunto por qué de pronto oigo tu voz y se me descompone el alma. Se rompen los esquemas, si los hubiera o hubiese habido. Se concentra toda la sangre entre mis dedos. Salta mi estómago subiendo hasta la boca haciéndome cosquillas entre los huesos. Haciéndome reír así sin más. ¿Porque me hace feliz tu sola presencia? ¿Porque no me importaría romper las reglas en una ocasión siquiera?
Con la boca pequeña digo que te vayas mientras todo mi cuerpo grita quédate. Quisiera maldecir el día aquel que nos cruzamos. Pero hasta mi odio, si lo hubiera o hubiese habido, sería el odio maldito que jamás se acaba.
Qué fácil es hablar de otros. Qué fácil imponer una ley que no aprobaría ningún miembro del gobierno. Del que manda en el alma. Esa a la que constantemente estamos tapándole la boca. Acunándola como a una niña pequeña para que se quede dormida. Es como si todos en sus manos, guardasen escondida la primera piedra. Porque están libres del pecado de amar y ser amados.
Mientras, no nos queda otra, dejar que pase el tiempo jugando al todo o nada. A hacer como si no existiera. A pretender que no existe.

sábado, 30 de mayo de 2009

La condena



Tres años, dos meses y nueve días. Hasta cuándo y hasta dónde me pregunto. Si, ya sabes, solo por preguntar. Curiosidad. Solo un tema de conversación como otro cualquiera. Como pudiera ser el tiempo. Pues sí que hace calor hoy. Lo mismo mañana llueve. Ya ves, lo mismo.
No, no puedo fingir indiferencia. Ni tú tampoco. Apenas unos minutos para contemplarte. Unos minutos para dibujarte en una burbuja en la que solo estamos tú y yo. Unos instantes para disfrutar tu sonrisa y tu cuello abarcado por mis ojos incisivos, incesantes.
Desprevenida. Desprotegida. Desconcertada. Y tu voz, así, unida a tu cuerpo. Es de verdad. No estoy soñando. Pero te toco y eres tú. Me abrazas y soy yo. ¿De verdad somos tú y yo? Miro a mi alrededor y todo el mundo corre, a sus cosas, a sus asuntos, como si no existiéramos. También tú tienes prisa. A mi se me ha parado el tiempo en un suspiro.
Suspiro para tomar aire. Para sentarme. Para asentarme. Para reflexionar el porqué de mi condena. De tu condena. De qué somos culpables. En un rincón, a solas, cierro los ojos y te veo.
No, no puedo fingir indiferencia. Ni tú tampoco. No sé cuántos segundos se prolongará este encuentro. Apenas unos minutos para contemplarme. Unos minutos para dibujarme de cuerpo entero y acariciar mi pelo sin tocarlo. Unos instantes para añorar mi sonrisa y tu boca en mi cuello abarcado por tus ojos que pretenden esquivarme. Que vuelven a los míos sin remedio posible.
Armada del valor que da lo efímero. Armada del valor del paso de los años. De la felicidad que viene y va a su antojo. Porque anoche lloraba. Porque hoy te he vuelto a ver. Tres años, dos meses y nueve días. Condenados a cadena perpetua. Condenados a expiar nuestra culpa. Pues si que hace calor hoy. Lo mismo mañana llueve. Ya ves, lo mismo.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Rocío

domingo, 24 de mayo de 2009

Génesis



A ver por donde empiezo. Debería hacerlo por el principio si, pero cuál es el principio. Dónde, me pregunto, comienza esta historia que todavía no sé si debe ser contada.
Yo era una loba con piel de cordero. Silenciosa, sumisa y boba. Como el humo de un cigarrillo en un cenicero sin fumar, que está pero como si no estuviera. Que termina alejándose hacia un lado u otro sin detenerse siquiera. Sin que nadie le detenga. Sin que nadie le atrape. Porque solo es humo.
Vigilante a la vez. Con los ojos tan abiertos que pareciera que se fueran a salir de sus órbitas. Escondidos tras unas gafas de sol. Y la sonrisa puesta. No fueran a vérseme los dientes. Los colmillos afilados. Con el palo de mi escoba. La que barría de día y volaba en las noches de Luna llena. Oteando la ciudad, buscando algún resquicio de magia en donde zambullirme con la precisión de una gaviota en el océano al atrapar su presa. Volviendo de vacío. Volviéndome al vacío.
No puedo concretar cuándo comenzó este afán de ver sin ser vista. De escuchar sin ser oída. De moverme en las sombras. De ser sombra. Porque hubo un comienzo. Porque todos los inicios tienen un por qué. Porque para que prenda la llama es necesario el oxígeno. Y a mi dejó de suministrárseme. Poquito a poco. La vela que se mueve en la oscuridad queriendo ser más alta que la luna.
Cuando recobré la consciencia, era una alimaña sin forma ni color. Tan transparente que se diría agua. Que no sabe a nada, ni siquiera a agua. Había conseguido escapar por la rendija de aquella ventana que nunca cerró bien.
Atrás quedaron los recuerdos. Los que me acompañaban. Los que se me olvidaron. Frente a mi un papel en blanco donde escribir mi historia.
Yo era…. Yo…
A ver por donde empiezo. Debería hacerlo por el principio si, pero cuál es el principio. Dónde, me pregunto, comienza esta historia que todavía no sé si debe ser contada.

sábado, 16 de mayo de 2009

Feria

lunes, 4 de mayo de 2009

La Sirenita



Cuando decidió irse lo hizo tras sopesar bien todas las posibilidades. Nunca o casi nunca tomaba decisiones a la ligera. No se movía por impulsos a pesar de desearlo con todas sus fuerzas. Y tenía muchas. Tenía mucha fuerza. Tanta que incluso llegó a querer no haber querido. No haber querido irse.
Nada podía con sus convicciones, ni siquiera ella misma que adoraba las expectativas de quien soñaba con los ojos abiertos. De quien era capaz de sacar partido de aquello tan insignificante como la sonrisa de un perro.
Hizo suyos los muebles y las esquinas, a pesar de sus bordes puntiagudos. Se apoderó del aire que respiraban los demás, aunque a ella le costase digerirlo. Aunque le costase su propia respiración entrecortada. Ahogada.
Se quedó con los quehaceres de la rutina diaria. La suya. La de los demás.
Y, sin embargo, caminaba tan segura de sí misma que las losas que pisaba jamás volvían a estar en su sitio. Ella sí. Siempre donde tenía que estar. Con quien debía estar. Sabiendo estar en cada momento y situación.
La palabra adecuada, la sonrisa reconfortante, el abrazo de verdad.
Pero ¿quién le sonreía a ella? ¿Quién la abrazaba? De verdad, ¿quién?
Decidió poner tierra de por medio. Como si las distancias se midieran en kilómetros. Como si no existiesen los teléfonos, ni las cartas, ni los pensamientos telepáticos. Pero era tan tajante que solo con mirarla ya se sabía que no había marcha atrás. Atrás ni para coger impulso. Ya lo tenía, a fin de cuentas, el impulso de empezar desde cero.
Pero ocurre, que a veces, solo algunas veces, poquitas en la Historia, los hados se revuelven ante tanta resolución y se niegan, como duendes traviesos a aceptar la realidad, aunque sea cruel y dura realidad.
Cuando decidió irse lo hizo tras sopesar bien todas las posibilidades. Y ya se había marchado cuando todavía estaba aquí. Aquí atrapada en un coche que se niega a arrancar el motor. En unos zapatos que aprietan hasta llenar de ampollas la piel de los pies. De los que duelen al caminar. Como La Sirenita tras conseguir sus piernas. A cambio de perder la voz eternamente.
No, no se movía por impulsos. A pesar de desearlo con todas sus fuerzas.

domingo, 26 de abril de 2009

Sin querer...



Estabas ahí. Era como si el tiempo no se hubiese detenido, que al correr, al galope por la vida, una rama invisible, un ratón asustado o quizá un agujero por tapar le hubiera hecho retroceder tan rápido como le permitiesen sus alas de papel de cebolla. Como las mariposas que dibujaba en el colegio. Como las láminas que protegían el álbum de fotos de la boda de mis padres.
Estabas ahí. Con tus rizos acariciando las futuras arrugas de tu frente. Rebeldes, alegres, soñadores y seguros. Y yo con los ojillos abiertos como el ropero en entretiempo, sin saber si sacar la ropa del altillo. La de verano. La de colores vivos. La que no da calor. La que no te permite jugar al escondite.
Apenas unos metros mientras todo se movía, tus ojos y los míos engarzados tirando hacia detrás. Parados. Sin dejar de mirar en los recuerdos. Tal como eras. Tal como era.
Como si no pasara nada. Como si lo esperásemos. Como si hubiéramos llegado tarde a una cita, así fuimos acercándonos poco a poco, con la sonrisa de quien no quiere delatar el pellizco en el estómago. Con la serenidad que te traiciona al esconder las manos en los bolsillos. Y volverlas a sacar para abrazarnos. Como si no pasara nada. Con la electricidad recorriendo las fibras de tu camisa y mi chaqueta. Como si no quisiéramos. Cerrando los ojos un instante de temblor imperceptible. Como si estuviese ensayado. Como si estuviese planeado.
Estabas ahí. Yo llevaba los apuntes de clase. Tú los pantalones recién planchados.
Al separarnos, con las manos aún cogidas, quise ver tus canas y tú buscaste bajo mi blusa esos kilos de más. Yo, encontrar los pliegues en tu cuello. Tú, los surcos que hacían un paréntesis junto a mi boca. Solo sentí el calor de tus dedos recorriendo los míos. Tú, el escalofrío de mis manos abandonadas a las tuyas.
Si, estabas ahí. Como si el tiempo no se hubiese detenido entre nosotros.

martes, 21 de abril de 2009

Matemática


Cuando no podía más se marchaba a la playa a fumar un cigarrillo y volver con fuerzas renovadas. Con la sensación de haber dejado escapar entre las olas el amargo recorrer de su existencia. No es que allí fuera libre. La libertad era una quimera de unos pocos que tuvieron los redaños para pagar su precio. No es que allí se encontrara consigo misma. Hacía tiempo que se había perdido en un túnel sin ventanas donde no vislumbraba la salida. Acudía allí para respirar el aire que le faltaba. Para llenarse los pulmones tanto como pudiera y conseguir llorar. Jamás lo consiguió. Se dolió de su desdicha en confesión pidiendo penitencia. Se consoló con el frío que ruborizaba sus mejillas. Pero no pudo llorar. Acudía de noche. En invierno que es cuando más echaba en falta sus abrazos. Los del mar. De lejos, sentada en la arena, se le ofrecía resignada. De lejos, observando cada uno de sus movimientos, intentando recomponer un puzle al que le faltaban piezas.
No tenían sentido aquellos arranques de huída cuando sabía a ciencia cierta, tan cierta como que dos y dos son cuatro, que volvería habiéndose tragado toda la sal de un sorbo. Que le escocería en la garganta durante mucho tiempo después. A la vuelta. Al volver soñando que eran cinco. Dos y dos.
Disimulaba irguiendo la cabeza y recogiéndose en silencio en una cama de sábanas impolutas. Con muchas, muchas mantas sobre su cuerpo tan frío como etéreo. Por temor a fugarse mientras dormía. Para seguir sujeta contra la ingravidez de su persona.
Si es que seguía siendo una persona.
Cuando no pudo más, se refugió en un cine. Se conformó con saber que volvería a casa sola sin nadie con quien comentar la película. Contenta con la seguridad de las butacas vacías a ambos lados de sus brazos. Comiéndose a puñados las pipas peladas que había comprado antes de entrar. No se atrevió después a acudir a la playa a fumarse un cigarrillo. Demasiadas emociones para una primera vez.
Cuando descubrió que podía más. El cine solo fue una excusa para beberse el mar a borbotones. Contó las olas poco a poco, con los dedos, como si estuviese, de pronto, aprendiendo a sumar.
Muy despacio, descubriendo el tacto de la piel del océano. Dos y dos son cinco.