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Soy una perra mestiza. No creo en las razas, si en las especies. Y en las especias...porque yo soy especial.

sábado, 27 de febrero de 2010


Su vida se había convertido en un caos perfectamente organizado. No había tiempo para la felicidad pero tampoco para el desánimo, había que actuar y se actuaba. En el sentido literal de la palabra, actuar, como en una continua función de teatro donde el público solía ser el mismo, y el papel a interpretar podía variar en relación al decorado escogido para el momento.

lunes, 22 de febrero de 2010


Cabía esperar que nadie comentara lo sucedido, a fin de cuentas no había testigos de nada, solo la noche con sus mil ojos convertidos en ventanas de luces tenues o cortinas descorridas.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Documento 1-Microsof Word.




Buscar. Reemplazar. Seleccionar. Cambiar estilos. Inicio.
Suena el piano, como si no estuviera cerca. Fuera hace frío y está oscuro. Fuera se viven otras vidas. Y al mirar por la ventana busco con la imaginación qué estará ocurriendo tras ese balcón que me sostiene la mirada.
Como si quisiera reemplazarme en otro cuerpo que no es el mío. Como si quisiera respirar el mismo aire pero de distinta manera, sabiendo como sabe el que respiro, sintiendo la diferencia o no del mismo aliento.
Atravieso paredes y cristales sin cortarme la piel. Cambiándome la piel.
Pero no puedo contarlo. No sé contarlo.
Selecciono recuerdos parecidos. Revivir lo no vivido.
Quisiera, a veces, poder cambiar de estilo.
Inicio.

martes, 26 de enero de 2010

La bicicleta




Aprendí a montar en bicicleta a base de chocar con las paredes. Mi mente no era capaz de pedalear y frenar al mismo tiempo, mucho menos poner los pies en el suelo. Tenía como referencia la valla de la casa de un vecino que me permitía hacer un recorrido más o menos suficiente para ir practicando sin caerme. Recto y sin baches, algo inclinado hacia abajo que me daba velocidad. La pared me esperaba para volver a empezar.
A fuerza de chocazos descubrí la técnica de defenderme girando levemente el manillar de manera que el impacto no me cogiese de frente. Poco a poco a golpe de giro fui esquivando la pared y recorrer algo más de camino. Más adelante aprendí a bajarme en marcha mientras la bici se llevaba la peor parte y yo salía indemne del envite.
Cuando se es pequeño, nada como esa fase empírica para manejarse por la vida, es más, hasta llegamos a alardear de las heridas de guerra como si de medallas se tratase. Y yo, lucía orgullosa mis rodillas, eternamente maquilladas de mercromina.
Pasan los años y aprendemos a frenar. A aparcar la bicicleta. Olvidamos la importancia de las heridas y las tapamos para que nadie las vea, que nadie sepa que nos hemos caído. Que nadie descubra que nos topamos frente a frente con un muro. Dejamos de recordar cuando aquellas noches, a golpe de pedal, se ponía en marcha la dinamo que encendía la luz que nos iluminaba por el camino. Ahora es mejor acurrucarse al refugio de una manta en nuestra casa, bajo nuestro techo, bajo nuestro miedo, que salir a buscar la luz que dan nuestras piernas al andar.
Cuando se es pequeño no hay pared que nos asuste y al crecer, a todas le salen brazos.

martes, 19 de enero de 2010

Un bulto con ojos




Así es, hoy he conocido un bulto con ojos. Yo estaba en un juzgado al que había acudido a acompañar a un amigo. Eso es otra historia que algún día contaré.
Lo cierto y verdad es que la sala de espera era peor que las de la Seguridad Social y se respiraba un calor sofocante, habida cuenta la cantidad de personas que estábamos allí esperando entrar. Como quiera que mi imaginación se desborda en cuanto tiene ocasión, comencé a elucubrar sobre las togas de los letrados que, maletín en mano, acompañaban a sus clientes. Había uno jovencito, muy alto y muy bien parecido (no sé en realidad, si analizamos la expresión, a qué demonios se refiere, porque en verdad no se parecía a nadie que conociera o hubiera conocido, era guapo y punto.). La toga le daba un aire de importancia y un porte digno de un regio representante de la ley pero…y hete aquí que me meto donde no me llaman, se la había colocado sin reparar siquiera en las arrugas que la toga tenía. Me dio por imaginar que su mujer pasaba de él, tanto rollo con la indumentaria y, bueno, aunque joven, que ya lo he dicho, mayorcito ya para saber utilizar una plancha, que digo yo que tampoco se necesita hacer un master para utilizar este práctico electrodoméstico. En cualquier caso, seguía yo con mis divagaciones, para eso están las tintorerías chaval, que si tantos aires de grandeza te vas dando, tendrás para costearte llevar la chaquetona esa al tinte y que te la dejen como nueva. Él ni se inmutaba, pendiente como estaba en contonearse de un lado para otro dando grandes zancadas. Eso si, los zapatos los llevaba realmente impolutos. Un punto a su favor. ¿O habría sido su esposa que tenía la extraña afición de disfrutar limpiando zapatos? Ante la pregunta sin respuesta me fijé en otro letrado, en otro y en otro, y así fui averiguando por la calidad de los tejidos, quien era niño bien, quien abogado curtido en años, quien un pobre picapleitos.
Fue entonces que decidí pasar revista a los no uniformados. También se distinguía por su indumentaria al cliente del defensor. El uno arreglado pero informal, el otro trajeado a la última. O la otra, que también había abogadas de taconazo altivo. Nada que objetar.
Por lo que charlaban entre ellas, el número de mujeres y su juventud, teniendo en cuenta que se trataba de un juzgado donde se abordaban temas laborales, a esas chicas las imaginé trabajadoras de una empresa de limpieza que llevaban varios meses sin cobrar su salario. Eran optimistas, probablemente algún sindicato les habría comentado que no serían despedidas que Delphi no se cierra, que Vicasa no se cierra y que, tampoco iban a cerrar su empresa. Hablaban de sus hijos, todos pequeños, de que como se alargara aquello demasiado tendrían que llamar a sus madres y suegras para que fueran a recogerlos al colegio. Algunas comenzaron a desenfundar sus móviles.
De repente, entre tanta algarabía con sed de justicia, alguien llamó poderosamente mi atención. Se trataba de un hombre de edad media. No, de la Edad Media no, de edad media. Sonreía al aire y pensé que se había equivocado de lugar, que aquello no era la cola para entrar en el casting de La Casa de la Pradera. De verdad, tenía todo el tipo de Michael Langdon: camisa de cuadros, igual igual que los mantelitos de los veinte duros; pantalones vaqueros modernos. Modernos para él cuando los ochenta, claro, ahora no se lleva marcar paquete hombre…y él, con sus pantalones ajustados, lo intentaba.
Estaba como sin estar, solo, ya he dicho antes, sonriendo al vacío, mirando a la nada, como abducido por algún enviado de Raticulín. Pregunté a nuestro abogado si aquello se iba a demorar mucho, si seguía allí un minuto más aquello tenía ya tintes de convertirse en mi particular versión de un culebrón llamado “Laura, no te aburras que es peor”.
Salí a tomar un colacao y suerte la nuestra, a los pocos minutos entramos en sala. Me encanta la solemnidad de los juicios. Los jueces frente a todos siguiendo el ritual, la defensa, el demandado y oh, el del Casting de La Casa de la Pradera. Primero pensé que como era vista pública, había acudido allí como yo, a bichear, pero ¿por qué no se había sentado en la fila de atrás como el resto de los espectadores? Miré a la cámara de seguridad y esperé.
Pronto se disiparon todas mis dudas, aquel señor no había acudido a ningún casting de película, tan solo era un miembro de un sindicato, que sin un solo representante legal acudía en nombre de la parte demandada. Ni que decir tiene que, la criatura, ante la verborrea colosal de los abogados solo se limitó a sacar un papelito de una carpeta de cartón en el que exponía que su sindicato no era culpable. Y me pregunto: ¿por qué nadie le preparó unos buenos apuntes? ¿Dónde están los abogados que pagan los afiliados al sindicato? Cierto y verdad que el pobre hombre, remangado su pantalón vaquero para poder sentarse, solo se limitó a estar de acuerdo en todo lo que Su Señoría le preguntaba.
Si, hoy he conocido un bulto con ojos.

martes, 12 de enero de 2010

El lavavajillas



Mi padre ha descubierto el lavavajillas a los setenta y tres años de edad. No, no es que no supiera hasta ahora lo que era un lavavajillas, quiero decir en su casa, en su vida cotidiana.
Como quiera que mi madre disfruta de las reformas del hogar más que si se tomara un bombón de chocolate, la última le ha llegado a la cocina y con ella, la llegada de ese electrodoméstico que se encarga de lavar los platos.
Hasta la fecha era mi padre el encargado de tales menesteres. Desde que se jubilaron. Desde que ni mi hermano ni yo vivimos con ellos, decían, que para cuatro platos que ensuciaban.
Mi padre pertenece a esa generación de lo manual. Donde un coche de carreras era una piedra bien pulida que adelantara a las otras en una batida. Un carro, una caja de zapatos, cuando había zapatos, atada a una guita. Los deportes no se llamaban deportes, pero nadaban en el río sin ropa o saltaban a la cuerda. Un libro era el mejor amigo y pasaba de mano en mano impregnándose de sueños de niños de distintas edades.
Cuando llegó el lavavajillas y los técnicos se lo instalaron, se colocó sus gafas de cerca sobre la nariz y se aprendió minuciosamente las instrucciones.
Da gusto mirarle cuando coloca la vajilla en sus compartimentos correspondientes. Se queda como ajeno al resto del mundo que le rodea, en una especie de nirvana que solo él comprende, mientras silba una cancioncilla sin melodía, como si de una letanía se tratase para llegar a la concentración suprema. Sus manos regordetas y bonitas, se afanan en que todo quede en perfecto equilibrio. Observa su obra y, ajustándose de nuevo las gafas, cierra la portezuela y elige el programa de lavado. Después se queda unos minutos pensativo, pendiente de la lucecita que indica que el aparato está realizando su trabajo. Luego nos mira con una sonrisita pícara y exclama: es bueno esto. Y no hace ni ruido.

Y se olvida satisfecho recostado en su sillón mientras hila un sueñecito que le mantiene intacta la sonrisa.
Mi padre, cada día descubre algo nuevo.
Mi padre puede dormir tranquilamente cuanto le plazca.

sábado, 9 de enero de 2010

Asco




El periodismo le asqueaba. No, eso no era del todo correcto. No era el periodismo lo que le asqueaba, era el cariz que había tomado la profesión en los últimos años.
A los jóvenes que empezaban no se les estaba permitido tener ilusiones. Los veteranos hacía tiempo que las habían perdido. La esencia del informador no se encontraba ya ni en las películas. Hubo un tiempo en el que todos quisimos, de alguna manera, ser aquellos “hombres del presidente” que triunfaron en el Washinton Post desenmascarando a Nixon con el escándalo Watergate. La realidad luego te demuestra que cualquier parecido con la ficción es eso, pura realidad.
Hacía ya tiempo que tenía asimilado que jamás ganaría un premio Ondas, porque lo suyo era el periodismo radiofónico, la comunicación de viva voz, la inmediatez de la noticia. El gerundio más presente que el propio presente. Lo que jamás imaginó que las paredes contra las que chocara fuesen los propios, mal llamados, compañeros de profesión. Y es que ciertas informaciones, decían, no van a hacer más que complicarte la vida.
Hacer radio local, supongo, no tiene nada que ver con trabajar en una cadena nacional en la que las noticias sean para todos y no solo para unos pocos. Pero se preguntaba si esos pocos no tenían derecho a una información veraz.
Se había perdido la calidez de la búsqueda de temas, de los seguimientos, se estaba perdiendo la calle, la improvisación y el jugar a no ser descubierto. Ahora estaba bien visto codearse con los poderosos y atrás quedaba la afirmación de que los medios de comunicación eran el cuarto poder. Solo se leía lo que uno quería leer y se escuchaba lo que se quería oír. Y no digamos en las televisiones donde primaba la cantidad a la calidad. El miedo se había apoderado de los informadores convirtiéndoles en uniformadores. Curiosamente, ni siquiera los recién salidos de la facultad sabían escribir.
Había, de los que se llamaban profesionales, que utilizaban una retórica tan decimonónica que nadie les entendía, seguramente, ni siquiera ellos se comprendían, pero rellenaban folios que es lo que importaba y los oyentes, al escuchar palabras tan supuestamente cultas, no ponían en duda la calidad de la información, aunque de la misa la mitad y de la mitad ni un cuarto.
Ni un cuarto donde guarecerse de tanta inmundicia protegida, tutelada. La libertad había dado paso a la comodidad de un sillón aunque las posaderas que lo ocuparan fuesen, por decirlo de una manera suave, de aquellas que jamás se limpiaron después de cagar.
El todo vale había dado paso al todo lo que me mantenga vale. Eso es lo que le asqueaba. El periodismo no.
Tardó unos años, bastantes diría yo, en comprender que era un grano en el culo y no entendía ese afán que tenían por quitarle de en medio. Hasta que descubrió que el miedo a que les hiciera sombra era superior a la objetividad de valorar sus potenciales.
Amargamente se reía de tanta ignorancia porque jamás se le había pasado por la cabeza hacerle sombra a nadie. Solo quería trabajar. Solo quería entretener, informar y formar. Pero como en la sórdida edad media, estaba mal visto que los pobres supieran leer o escribir.
Era mejor hacer un programa en el que los sinvergüenzas contaran en público sus intimidades. Y cuando digo sinvergüenzas me refiero a personas que no tienen el más mínimo pudor en relatar aspectos de su vida sexual dando pelos y señales. Y no es que vaya una a rasgarse las vestiduras ante semejantes revelaciones, nada llega a sorprenderme del ser humano a estas alturas del camino ¿o si?
No me ha gustado jamás reírle las gracias al impertinente de turno que se mofa de sus semejantes con la indiferencia del que se siente protegido por un halo divino. Nada me parece más patético que intenten disfrazar de libertad lo que en el fondo no es más que coger por el camino de en medio, el facilón de risa histriónica.
Cualquiera puede ser periodista hoy en día. Cualquiera escribe en un periódico. Cualquiera coge un micrófono de radio, aunque no sepa si bogavante se escribe con be o con uve, o crea que han escrito mal Saramago en una nota de prensa confundiéndolo con el arbusto silvestre que tanto gusta a los canarios y que se conoce como jaramago. Y en la tele, bastaba con hacerse la cirugía estética para triunfar.
No, el periodismo no le asqueaba, le gustaba demasiado como para ver como se iba perdiendo poco a poco el sueño de Hermes.

Continuará…..

martes, 5 de enero de 2010

Año Nuevo


Es curioso como pasa el tiempo y nos vamos abandonando a la pereza ingenua que juega con nosotros a dejarse querer.
El más ocioso de los pecados, el que siempre tiene excusas, que te revuelve la cabeza mientras te da razones que son más que amores y hechos.
Pereza de escribir sobre el papel porque ya tienes bastante escrito entre los sueños de imaginar historias que querrías para ti, pero que son para nadie.
En días de balances solo aspiro a seguir soñando despierta. No quiero recordar un año que se ha ido llevándose con él a un amigo al que sigo esperando encontrar saliendo por alguna puerta que no he visto todavía. Al que espero que dejen su sitio libre cuando vuelva aunque no soporte verlo vacío.
Ahora solo quiero ver crecer mi vientre con la vida que late dentro. Imaginar a un niño. Imaginar a una niña. Alternar los colores de su futura cuna. Recrearme en el olor de su piel y aspirarle.
Abrazarle y sentir su respiración junto a mi cuello.
Como en un péndulo invisible, la vida te quita, la vida te da.
Ahora, como si viajara en una pompa de jabón, me balanceo en la ¿he dicho pereza? Serenidad de la espera, disfrutando el bamboleo, recreándome en el pecado, en el más ingenuo, en el más ocioso.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Deseos

jueves, 17 de diciembre de 2009

Moon River



Estoy muy musical yo estos días...
Esta es una de mis canciones favoritas y colecciono sus versiones... hoy me han regalado esta nueva y he querido compartirla con todos vosotros.
Disfrutadla.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Y a la mañana siguiente...




Se hacía de noche. Se habían terminado ya todas las asambleas. Al Rey no le había quedado más remedio que acogerse a la voz del pueblo. Una voz que clamaba amargamente justicia. Primero con el llanto y la resignación tras ir perdiendo poco a poco a sus seres queridos. Se habían quedado sin empleo. Habían dejado de ser útiles a la sociedad. En definitiva a su sociedad.
Después con la ira contenida durante tanto tiempo. Hartos de ser juguetes al antojo de sus meros deseos de poder. Cansados de ser marionetas en unas manos que habían dejado de sujetarles para lanzarles hacia el precipicio de sus culpas encubiertas. Seres que habían dejado de utilizar el instinto y el orden natural de las cosas. A los que ni siquiera les importaba la supervivencia de su especie.
El sol se ocultaba a sus ojos. Ojos que habían tenido que crecer deprisa al no tener otros ojos más grandes que miraran por ellos. Que habían quedado ciegos de tanto comer hasta lo que no les gustaba. De tanto mirar siempre, y por siempre en la misma dirección.
Era la hora convenida. Ya no servía el diálogo ni la tan traída y llevada frase que no entendían sobre la paz social. No la entendían porque aunque no hubiera frentes, barricadas, pérdidas o ganancias, el aire no era puro. Desprendía el tufo de los olores a podrido que, con tanto afán se encargaban de enmascarar a través de perfumes elaborados con el sudor y el llanto de los árboles y las flores.
Se hacía de noche. Ya no podían contener por más tiempo la ira. El sol se ocultaba a sus ojos. Si, era la hora convenida. Una hora que no estaba señalada en ningún calendario, pero si marcada a hierro candente en el interior de sus diminutos corazones.
El monstruo se ocultaba. Había aprendido a mimetizarse de los colores de su propia conveniencia. Pero olvidó, en su metamorfosis, que su descendencia había decidido, por encima incluso del propio Peter Pan, fundar el nuevo País de Nunca Jamás.
Y cuando desapareció el último rayo de esperanza, los Niños Perdidos aniquilaron sin contemplaciones al dragón de su desencanto.
Y a la mañana siguiente…

martes, 8 de diciembre de 2009

sábado, 28 de noviembre de 2009

...y los sueños, sueños son.


He vuelto a soñar contigo. Como si fuera real, tú y yo, jugando al escondite. A vernos sin querer. A querernos sin vernos.
Yo ya no tengo edad de salir corriendo a buscarte, pero corría asomando la cabeza por cada una de las habitaciones de aquella inmensa casa de mi sueño. Tú ya no tienes edad para andar escondiéndote, pero lo hacías con una sonrisa pícara de niño travieso, dejando pistas allá por donde pasabas.
Un tirón de pelo. Por fin te atrapaba. Un beso y volvías a desaparecer. Entonces yo reía sabiendo que estabas, aunque no estuvieras. Porque había sentido tu piel. Como si fuera real.
He vuelto a soñar contigo.

martes, 24 de noviembre de 2009

Cuestión de luces


De noche, por la carretera, me encanta ver los puticlubs iluminados. Es como si siempre fuese Navidad.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Mi cumple perruno


Un día como hoy, dice mi veterinario, vine al mundo hace dos años. Mis padres me encontraron el dieciseis de marzo ¿o los encontré yo a ellos?

Estoy segura, aunque no lo recuerdo, que me separaron de mi madre perrita para convertirme en un hermoso regalo de Reyes.

Al principio todo fueron fiestas y yo era la muñeca más divertida de los niños de la casa, que me vestían con trapitos y me acunaban en sus camas. Yo tan solo era un peluche que se movía y respondía a sus juegos, lo que se dice ahora, un juguete interactivo.

La diferencia es que yo, como cualquier ser vivo que se precie, necesito comer y beber agua, y en mi interior no hay un manojo de cables y pilas, sino un estomaguito que hace sus funciones, es decir, que como tú, también hago pipí y caca, pero yo no sé hacerlo en un cuarto de baño como tú, ni sé tampoco cómo limpiarme. Eso comenzó a molestar a los papás de mis compañeros de juegos a los que, también hay que decirlo, no les importaba lo más mínimo que yo estuviera bien educada. De mi boquita comenzaron a salir dientes como alfileres blancos y eso pareció enfadarles más aún, porque, como a todos los bebés, me dolían las encías y tenía que consolarme con un mordedor, pero como no tenían mordedores para perritas, yo utilizaba las patas de las sillas, los cojines del sofá...

Lo cierto es que un buen día me encontré sola en unas calles que no conocía. Estuve vagando varios días, comía hierbas, basura y lo que la gente de los bares me ofrecía... hasta que encontré a mi padre paseando a Bruno y me pegué a ellos como si de una perra lapa se tratase.

A partir de ese momento comenzó mi nueva vida, dejé de ser un juguete para convertirme en un miembro más de una manada mixta, de humanos y perros. Me enseñaron a esperar, a comer, a jugar, a morder palos en lugar de muebles, a hacer caca en las calles, que ellos recogen.

Fue entonces cuando me convertí en Laura, una perra feliz. Feliz por encontrar la familia que nunca tuve.

Feliz por ser una perra con suerte (aunque mis padres aseguran que la suerte la tuvieron ellos al encontrarme).

En este, mi segundo cumpleaños, he pedido un deseo al soplar las velas de mi tarta perruna:

que todos los perros del mundo sean tan felices como Bruno y yo.

¿Utopía?

Por el bien de los llamados seres humanos, ojalá se cumpla!

lunes, 9 de noviembre de 2009

La Felicidad, dijiste...


La felicidad-dijiste- se compone de pequeños instantes como este.

Yo me quedé desnuda mirándote el perfil.

Feliz, pero desnuda.
Poco a poco te fuiste abrochando los botones de la camisa, poquito a poco, como queriendo alargar aquel momento, pero sin detenerte en un ojal.

Y yo a tu lado viendo como se ocultaba el cuerpo que hacía un segundo había sido mío y solamente mío.

Feliz, pero desnuda.

Hacía rato que había dejado de escucharte, solo el murmullo de tu voz que se excusaba o quería excusarte… no sé, no estaba muy atenta, la verdad.

Aún sentía en el estómago la punzada de tus dedos entre mi pelo. Mi boca seguía caliente y dolorida.

Cuando quise darme cuenta ya estabas de pié frente a mi queriendo hacer que te despedías.

Sin moverte.

Sin quererme mirar.

Sin dejar de mirarme.

Tan tristes tus ojos.

Los míos felices, pero desnudos.
La felicidad-dijiste sin ser preguntado- se compone de pequeños instantes como este.

Yo me quedé desnuda, mirándote el perfil.
Feliz, pero desnuda.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Sal


He vuelto. Siempre se vuelve.
De una manera o de otra, echamos la cabeza hacia detrás, aún a riesgo de convertirnos en estatuas de sal.
A fin de cuentas, eso es lo que realmente necesitaba: sal.
Cuando estamos, queremos irnos y cuando nos vamos, regresar.
Regresar porque nos falta el aire verdadero.
A mi me faltaba el aire verdadero, que ya no está.
Pero yo si.
Yo estoy todavía y eso ya es un motivo para seguir respirando.
Y aquí, de vez en cuando, todavía huele a sal.
No tengo a nadie en quien pensar.
Ya nadie piensa en mi.
No están.
No, ya no están.
No queda nadie que piense en mi.
No están para pensar en mi.
Pero no falta nadie ni un instante, siempre al acecho de cualquier descuido.
Disimulados a la vuelta de cualquier esquina que, sin querer, va doblando poco a poco mi corazón

lunes, 2 de noviembre de 2009

La quiso




La quiso.


Yo sé que la quiso.


Como se quiere a la niña que un buen día encuentras a la puerta de tu casa convertida en mujer. Sin las trenzas, sin el uniforme del colegio.


Con tanta fuerza que casi le parte el alma en una mirada. Pero él jamás jugó a partirle el alma. Se limitó a quererla contra su voluntad, contra su propia voluntad.


La conocía tan bien.


Le conocía tan bien.


Siempre había estado allí. Con los brazos caídos a la expectativa. Sin preguntas. Con respuestas. Solo cuando era preguntada. Nunca hubo un reproche y él se reprochaba no hacérselos a ella. Quería que volara, pero le dejaba miguitas de pan en el balcón para que regresara.


Yo sé que la quiso.


Como se quiere la primera vez que uno descubre que se quiere: intentando huir de ella sin soltarla de la mano.


Pero no podía permitirse ser vulnerable. Le dolía tanto amor en el cuello de la camisa. Que le ahogaba sentir que ella no asfixiaba.


Porque ella también le quiso.


Si, yo sé que le quiso.


Con el placer recién descubierto de las caricias rellenas de ternura.


Con la paciencia del horno que deja cocer la empanada en su interior. Para regalársela. Para comerla juntos.


Para hacerle reír como no recordaba haber reído. Para verle llorar como un niño recién amanecido.
Se quisieron.


Yo sé que se quisieron.


Que fueron algo más que dos.


Que fueron algo más que uno.
La enseñó a volar.


Y le abrió las puertas de la jaula invisible.


No quería marcharse.


Tanto la quería que la obligó a marcharse.


Tanto le quería que dejó que creyera que se iba.
Le dolía tanto amor en los botones de su abrigo.
¡Ay cuánto se quisieron!


Sin reproches.


Sigue habiendo respuestas.


Solo basta una pregunta.

jueves, 22 de octubre de 2009

Celos



Tengo celos del tiempo que no he estado contigo. De cuando te soñaba sin saber que existías. Y no podía dormir.
Tengo celos del beso que no pude darte. Aquel primer beso que me enseñó a imaginarte en las sombras de un bosque donde solo las olas del mar me acompañaban.
Tengo celos de tu piel, que ha podido rozarte desde todos los tiempos.
Del color de tus ojos que miraban sin verme.
Tengo celos de las horas perdidas sin tu voz, mientras en mis oídos solo sonaban voces desesperadas.
Y ahora que respiras a mi lado, tengo celos de mi misma por sentirte entero, por sentirme entera.

sábado, 3 de octubre de 2009

Oda a la estupidez



Como cualquier mañana de sábado por la mañana. Era sábado, al fin. Sábado y por la mañana. Las legañas rezagadas continuaban indecisas ¿salir o arrebujarme un poquito más entre las sábanas? ¡solo un poquito más!
¡A la calle! ¡A la calle! gritaban en silencio Bruno y Laura al compás de sus rabitos en movimiento ¡A la calle!
El sol acompañaba aún sin agobiar. La gente se movía a cámara lenta. Era sábado, al fin. Sábado por la mañana.
Y a lo lejos una música lejana. A lo lejos. Cada vez más cerca, tirándo de mi, fuerte, muy fuerte.
Aún tan temprano... las legañas... creí seguir soñando entre mis sábanas de sábado por la mañana... me dejé llevar.
En un banco, en la calle, Elena y Manuel, clarinte y guitarra: El domador de medusas.
No era un sueño.
Y yo soy una medusa.