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Laura
Soy una perra mestiza. No creo en las razas, si en las especies. Y en las especias...porque yo soy especial.
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lunes 9 de noviembre de 2009

La Felicidad, dijiste...


La felicidad-dijiste- se compone de pequeños instantes como este.

Yo me quedé desnuda mirándote el perfil.

Feliz, pero desnuda.
Poco a poco te fuiste abrochando los botones de la camisa, poquito a poco, como queriendo alargar aquel momento, pero sin detenerte en un ojal.

Y yo a tu lado viendo como se ocultaba el cuerpo que hacía un segundo había sido mío y solamente mío.

Feliz, pero desnuda.

Hacía rato que había dejado de escucharte, solo el murmullo de tu voz que se excusaba o quería excusarte… no sé, no estaba muy atenta, la verdad.

Aún sentía en el estómago la punzada de tus dedos entre mi pelo. Mi boca seguía caliente y dolorida.

Cuando quise darme cuenta ya estabas de pié frente a mi queriendo hacer que te despedías.

Sin moverte.

Sin quererme mirar.

Sin dejar de mirarme.

Tan tristes tus ojos.

Los míos felices, pero desnudos.
La felicidad-dijiste sin ser preguntado- se compone de pequeños instantes como este.

Yo me quedé desnuda, mirándote el perfil.
Feliz, pero desnuda.

domingo 8 de noviembre de 2009

Sal


He vuelto. Siempre se vuelve.
De una manera o de otra, echamos la cabeza hacia detrás, aún a riesgo de convertirnos en estatuas de sal.
A fin de cuentas, eso es lo que realmente necesitaba: sal.
Cuando estamos, queremos irnos y cuando nos vamos, regresar.
Regresar porque nos falta el aire verdadero.
A mi me faltaba el aire verdadero, que ya no está.
Pero yo si.
Yo estoy todavía y eso ya es un motivo para seguir respirando.
Y aquí, de vez en cuando, todavía huele a sal.
No tengo a nadie en quien pensar.
Ya nadie piensa en mi.
No están.
No, ya no están.
No queda nadie que piense en mi.
No están para pensar en mi.
Pero no falta nadie ni un instante, siempre al acecho de cualquier descuido.
Disimulados a la vuelta de cualquier esquina que, sin querer, va doblando poco a poco mi corazón

lunes 2 de noviembre de 2009

La quiso




La quiso.


Yo sé que la quiso.


Como se quiere a la niña que un buen día encuentras a la puerta de tu casa convertida en mujer. Sin las trenzas, sin el uniforme del colegio.


Con tanta fuerza que casi le parte el alma en una mirada. Pero él jamás jugó a partirle el alma. Se limitó a quererla contra su voluntad, contra su propia voluntad.


La conocía tan bien.


Le conocía tan bien.


Siempre había estado allí. Con los brazos caídos a la expectativa. Sin preguntas. Con respuestas. Solo cuando era preguntada. Nunca hubo un reproche y él se reprochaba no hacérselos a ella. Quería que volara, pero le dejaba miguitas de pan en el balcón para que regresara.


Yo sé que la quiso.


Como se quiere la primera vez que uno descubre que se quiere: intentando huir de ella sin soltarla de la mano.


Pero no podía permitirse ser vulnerable. Le dolía tanto amor en el cuello de la camisa. Que le ahogaba sentir que ella no asfixiaba.


Porque ella también le quiso.


Si, yo sé que le quiso.


Con el placer recién descubierto de las caricias rellenas de ternura.


Con la paciencia del horno que deja cocer la empanada en su interior. Para regalársela. Para comerla juntos.


Para hacerle reír como no recordaba haber reído. Para verle llorar como un niño recién amanecido.
Se quisieron.


Yo sé que se quisieron.


Que fueron algo más que dos.


Que fueron algo más que uno.
La enseñó a volar.


Y le abrió las puertas de la jaula invisible.


No quería marcharse.


Tanto la quería que la obligó a marcharse.


Tanto le quería que dejó que creyera que se iba.
Le dolía tanto amor en los botones de su abrigo.
¡Ay cuánto se quisieron!


Sin reproches.


Sigue habiendo respuestas.


Solo basta una pregunta.

jueves 22 de octubre de 2009

Celos



Tengo celos del tiempo que no he estado contigo. De cuando te soñaba sin saber que existías. Y no podía dormir.
Tengo celos del beso que no pude darte. Aquel primer beso que me enseñó a imaginarte en las sombras de un bosque donde solo las olas del mar me acompañaban.
Tengo celos de tu piel, que ha podido rozarte desde todos los tiempos.
Del color de tus ojos que miraban sin verme.
Tengo celos de las horas perdidas sin tu voz, mientras en mis oídos solo sonaban voces desesperadas.
Y ahora que respiras a mi lado, tengo celos de mi misma por sentirte entero, por sentirme entera.

sábado 3 de octubre de 2009

Oda a la estupidez



Como cualquier mañana de sábado por la mañana. Era sábado, al fin. Sábado y por la mañana. Las legañas rezagadas continuaban indecisas ¿salir o arrebujarme un poquito más entre las sábanas? ¡solo un poquito más!
¡A la calle! ¡A la calle! gritaban en silencio Bruno y Laura al compás de sus rabitos en movimiento ¡A la calle!
El sol acompañaba aún sin agobiar. La gente se movía a cámara lenta. Era sábado, al fin. Sábado por la mañana.
Y a lo lejos una música lejana. A lo lejos. Cada vez más cerca, tirándo de mi, fuerte, muy fuerte.
Aún tan temprano... las legañas... creí seguir soñando entre mis sábanas de sábado por la mañana... me dejé llevar.
En un banco, en la calle, Elena y Manuel, clarinte y guitarra: El domador de medusas.
No era un sueño.
Y yo soy una medusa.

lunes 28 de septiembre de 2009

Máxima mínima


Cabra si.

Borrega no.

sábado 19 de septiembre de 2009

La Casa de Artemia



Cámara en mano, no tuve el valor de sacar ninguna foto de su casa. Fue como permitirme entrar en sus secretos y yo no podía robárselos.
Quería que yo fuese delante, era su invitada a descubrir poco a poco la luz que su mano iba prendiendo a mi paso.
En aquel suelo se mezclaban los sonidos del pasado, del presente y del futuro. Por allí caminaba serena una joven esposa enamorada trasteando en los fogones que cuidaba con esmero, a mi lado correteaba una niña sorteando las piernas de los mayores. Uno le acariciaba el pelo, otro la esquivaba mientras porteaba una lechera repleta que la niña insistía en olisquear.
Un árbol besando el cielo recordaba un bosque que un día le hiciera cosquillas al mismísimo monasterio. Y un joven fraile que lloraba echándolos de menos.
No, no tuve valor de sacar ninguna foto. Las camas aún desprendían el calor de unas sábanas recién planchadas. De niños que saltaban sobre ellas jugando con sus muñecos.
En el silencio de la noche que se acurrucaba sobre nosotras, una toquilla tejida de estrellas y hojas de zarzas , a cada paso una nueva historia, cientos de rostros que nos observaban, a cada paso. A bajar la mirada ante sus miradas, pidiendo disculpas por irrumpir sin avisar. Sin atreverme a tocar, sin dejar de sentir la emoción de los ojos de Artemia que se humedecían entre los recuerdos.
Y las paredes me empujaban a seguir. Los cuadros me ignoraban, orgullosos de su figura, de sus figuras. Los marquitos de las fotos saltaban como críos llamando mi atención. Aquí una pareja de recién casados. Fotograma de una película de final feliz. Allá un abuelo comiendo pan, invitándome al festín. Ese pan recién cocido en el horno de leña. En esta una familia entera. Una nieta licenciada. Un nieto en la playa. Un Padre Abad con toda la congregación.
No tuve valor. Se me quedó esparcido por la ladera que baja hasta el río cuando el sol se ha marchado a descansar.
Me quedé con sus ojos.
Y ya lo tuve todo.