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Soy una perra mestiza. No creo en las razas, si en las especies. Y en las especias...porque yo soy especial.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Eva



Se llamaba Eva. Como la primera mujer que, cuentan, habitó en el planeta.
Eva porque se sentía la primera mujer que habitaba el planeta.
Única.
Porque su casa era El Paraíso.
Se llamaba Eva y había nacido la víspera de la Nochebuena y vivía toda ella en la expectativa de lo que habría de llegar.
Cuenta la leyenda del Fin de la Tierra que era meiga, por nacimiento y ley. Por sus ojos que sabían de batallas perdidas. Por su sonrisa que hablaba de guerras ganadas. Y era meiga porque nadie creía que lo fuera, pero en el fondo de sus corazones sabían de su poder.
Gustaba Eva de caminar sola, dejándose llevar del instinto de sus zapatos.
Zapatos que cuidaba con esmero pues siempre habían guiado su rumbo por el sendero de las rosas.
Rosas que tienen espinas.
Rosas que hacen sangrar y que van dejando su huella al pasar de los años: la esencia misma de su perfume eterno.
Y cuando caminaba todo el mundo a su alrededor se movía a cámara lenta.
Tenía el don de parar el tiempo, de traspasar el tiempo.
Entonces, se volvía invisible, etérea, imperceptible al ojo humano.
Aprovechaba para volar hacía aquellos momentos que jamás se olvidan aunque nos empeñemos en guardar al fondo del cajón con la ropa de verano. Los momentos vividos y los soñados, mezclando realidad con fantasía. Encuentros, citas y besos. Besos, citas y encuentros que jamás se produjeron.
O si.
Caricias de un amanecer en un campo de heno.
Susurros bajo el mar.
O esa lluvia que reunía a los amantes para protegerlos de sus miedos.
Sin paraguas, bajo la luz plomiza que irradiaba estrellas escondidas.
Se llamaba Eva y no se parecía a nadie.
Porque era la primera mujer que habitaba el planeta.
Porque era única.
Era tan fuerte y tan frágil como podía permitirse.
Y se lo permitía todo.
Tenía el don de volar cuando quería, mientras paraba el tiempo.
Solo para ella.
Solo para sus ojos que sabían ya de tantas batallas perdidas. De tantas guerras que ganar por el sendero de las rosas.
Había nacido la víspera de la Nochebuena y vivía toda ella en la expectativa de lo que habría de llegar.
Se llamaba Eva.
De apellido Sión.

8 comentarios:

eva dijo...

Me ha encantado, será porque me encanta mi nombre :) me gustan los nombres cortos.
Besitos

Auggie Wren dijo...

Qué mujer... espero que, aunque ella sea la primera que habita el planeta, haya más que se la parezcan por ahí. Mejor nos iría a todos.

Sláinte.

Laura dijo...

Yo conozco unas cuantas, pocas, eso es cierto, pero las que son, son.

Alfonso dijo...

Qué historia más curiosa. Es curioso la historia de Eva. Es la primera y le echamos la culpa de todo.
Pero lo que no sabía era que fuera gallega. Meiga. Qué curioso.

Laura dijo...

No hace falta ser galega para ser meiga... al menos eso es lo que me contó un amigo gallego...basta con sentirse gallega...y por supuesto, reunir los requisitos necesarios.
Y Eva Sión, los reune todos.

Gu1ta dijo...

me gusta tu forma de escribir, por un momento pensé que yo era Eva... jajaja..
besitos

Laura dijo...

Claro que si...claro que puedes ser Eva.
Esta historia no es una historia, es un estado de ánimo que, a veces, se prolonga en el tiempo y cuando es así, una se siente maravillosa...un poco ida, pero maravillosa.

Ecasper dijo...

Hola,

Soy Eva.
¿Te importa si te copio (y te referencio, obviamente) en mi fotolog?

Gracias por escribir tan bien ;*